Nadie, en varios kilómetros a la redonda, sabría decir su nombre. La luz entraba facilmente por las profundas grietas de su techo. La última vez que le visité, dejé en casa la grabadora. Su vida me había calado tanto, que sobrepasé mi profesión. El periódico de hoy, muestra en primera plana, la miseria de una vida que nuevamente desentona en “un país de primera”.

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